Somos más que nuestros genes: bienestar integral según Fernando Rielo

Basta abrir un álbum familiar para comprobar cuánto heredamos: los ojos de la abuela, la risa del padre, cierta manera de fruncir el ceño ante los problemas. La biología explica bien ese “parecido de familia”. Lo que no explica es de dónde nace lo que más nos importa: la capacidad de amar, la sed de sentido, la esperanza que nos levanta después de una pérdida. Para el poeta y pensador español Fernando Rielo, esa es la pregunta decisiva, y su respuesta —conocida como modelo genético— ofrece una clave valiosa para comprender el bienestar integral de las personas y de las familias.

Una herencia que no aparece en el ADN

Fernando Rielo (Madrid, 1923 – Nueva York, 2004), fue un filósofo y metafísico, fundador de los Misioneros y Misioneras Identes y autor de un sistema de pensamiento que presentó en universidades de varios continentes y en organismos como la ONU y la UNESCO. Su vínculo con Ecuador es cercano: la Universidad Técnica Particular de Loja lo invistió Doctor Honoris Causa y ha hecho de su sistema uno de los pilares de su modelo educativo.

¿Por qué llamó “genético” a su modelo? No por la genética de los laboratorios, sino por la raíz griega de la palabra: génesis, origen. A Rielo le interesaba el origen de todo lo humano, y su punto de partida es una experiencia que cualquiera puede verificar: nada de lo que existe se explica solo. Todo se constituye en relación. Nadie se da la vida a sí mismo; venimos de otros y vivimos orientados hacia otros. Frente a la imagen del yo aislado y autosuficiente, tan celebrada por la cultura actual, Rielo propone entender a la persona como apertura: alguien que es hijo, hermana, madre, amigo. La familia, vista así, no es un accesorio social: es el espejo más natural de lo que somos.

De nuestros padres heredamos el cuerpo y buena parte del temperamento. Pero hay algo en nosotros que no viene en el paquete biológico: el espíritu, ese centro personal donde habitan la conciencia, la libertad, la pregunta por el sentido, la apertura al infinito. Para Rielo, ese núcleo no es un producto de la evolución de la materia: es un don. Cada persona, desde su concepción, lleva en lo más íntimo una presencia divina que la constituye y la acompaña; por eso hablaba de una “definición mística” del ser humano. Dicho en palabras sencillas: no somos individuos cerrados que después deciden relacionarse; somos, desde el origen, relación con un Amor que nos funda. De ahí su fórmula preferida: la persona es “ser más”, una criatura abierta siempre a más verdad, más bondad, más belleza, más amor.

¿Qué es, entonces, el bienestar integral?

De esa visión se desprende un mapa completo de la persona. Rielo distingue tres niveles en nuestra naturaleza —el biológico, el psíquico y el espiritual— y cuatro ámbitos de relación en los que la vida se despliega: con uno mismo, con los demás, con la naturaleza y con lo trascendente. El bienestar integral no es otra cosa que el cultivo armonioso de todos esos niveles y relaciones: cuidar el cuerpo, ordenar las emociones, alimentar el espíritu, y hacerlo dentro del tejido de vínculos donde realmente vivimos.

El mapa también explica por qué enfermamos de infelicidad. Cuando reducimos la vida a un solo nivel —el rendimiento, la imagen, el dinero, el placer—, convertimos algo finito en un absoluto que no puede sostener el peso de una existencia. Rielo llamaba a ese gesto “idolizar”, y describía sus frutos: vacío, ansiedad, soledad, una tristeza de fondo que no se cura acumulando más de lo mismo. La ciencia de la salud le da la razón desde otra orilla: la Organización Mundial de la Salud recuerda que la salud no es solo ausencia de enfermedad, y la investigación psicológica de las últimas décadas ha girado hacia los llamados factores protectores, es decir, los recursos que fortalecen la vida interior incluso en medio de la adversidad. Tres de los mejor documentados son, precisamente, los que el modelo de Rielo sitúa en el corazón de la persona: el sentido de vida, la esperanza y la espiritualidad.

El sentido de vida: la brújula interior

De esa visión se desprende un mapa completo de la persona. Rielo distingue tres niveles en nuestra naturaleza —el biológico, el psíquico y el espiritual— y cuatro ámbitos de relación en los que la vida se despliega: con uno mismo, con los demás, con la naturaleza y con lo trascendente. El bienestar integral no es otra cosa que el cultivo armonioso de todos esos niveles y relaciones: cuidar el cuerpo, ordenar las emociones, alimentar el espíritu, y hacerlo dentro del tejido de vínculos donde realmente vivimos.

El mapa también explica por qué enfermamos de infelicidad. Cuando reducimos la vida a un solo nivel —el rendimiento, la imagen, el dinero, el placer—, convertimos algo finito en un absoluto que no puede sostener el peso de una existencia. Rielo llamaba a ese gesto “idolizar”, y describía sus frutos: vacío, ansiedad, soledad, una tristeza de fondo que no se cura acumulando más de lo mismo. La ciencia de la salud le da la razón desde otra orilla: la Organización Mundial de la Salud recuerda que la salud no es solo ausencia de enfermedad, y la investigación psicológica de las últimas décadas ha girado hacia los llamados factores protectores, es decir, los recursos que fortalecen la vida interior incluso en medio de la adversidad. Tres de los mejor documentados son, precisamente, los que el modelo de Rielo sitúa en el corazón de la persona: el sentido de vida, la esperanza y la espiritualidad.

La esperanza se aprende (y se entrena)

Solemos imaginar la esperanza como una lotería del carácter: se tiene o no se tiene. La psicología dice otra cosa. Para Charles Snyder, su principal estudioso, la esperanza es una competencia con dos músculos: la agencia (“puedo lograrlo”) y las rutas (“existen caminos para lograrlo y, si uno se cierra, buscaré otro”). No se trata de optimismo ingenuo, sino de la capacidad de fijarse metas valiosas, trazar caminos hacia ellas y sostener la confianza cuando aparecen los obstáculos. Por eso se entrena: en cada proyecto emprendido en común, en cada dificultad convertida en plan.

La evidencia añade dos datos preciosos. El primero: la esperanza no es el simple reverso del desaliento; una persona puede atravesar momentos muy oscuros y conservar, a la vez, reservas de esperanza que amortiguan el golpe. El segundo: las historias importan. Estudios recientes demuestran que conocer relatos reales de personas que atravesaron crisis profundas y salieron adelante produce un efecto protector medible en quien los escucha. Las narrativas que circulan en una familia —cómo el abuelo rehízo su vida tras emigrar, cómo mamá se recuperó de aquella enfermedad— no son simples anécdotas: son medicina preventiva.

En el lenguaje de Rielo, la esperanza es la forma que toma nuestro “ser más” cuando mira al futuro: si estamos abiertos al infinito, ninguna derrota finita tiene la última palabra.

Espiritualidad: el recurso olvidado del bienestar

Queda el tercer factor, quizá el más descuidado en las conversaciones sobre salud. La psiquiatría internacional define la espiritualidad como la dimensión de la experiencia humana vinculada con el significado, el propósito y la trascendencia; se distingue de la religiosidad —su expresión comunitaria e institucional—, aunque ambas suelen caminar juntas. La evidencia acumulada es notable: la espiritualidad se asocia de manera consistente con mayor resiliencia, menos depresión y mejor salud mental general, al punto de que las principales asociaciones profesionales del mundo recomiendan incluirla, con respeto, en la atención sanitaria.

Rielo diría que no podía ser de otro modo: si la relación con lo trascendente es uno de los cuatro ámbitos constitutivos de la persona, descuidarla equivale a vivir con una habitación clausurada dentro de la propia casa. Su modelo, sin embargo, invita a un cuidado que la ciencia también confirma: la vida espiritual puede enfermar. La culpa religiosa aplastante, la imagen de un Dios castigador, la sensación de abandono o la pérdida del sentido último causan un sufrimiento real y profundo. Por eso, tanto en la familia como en la consulta profesional, la dimensión espiritual se acompaña con respeto absoluto a la libertad y a la diversidad de creencias: se propone, nunca se impone. La espiritualidad que hace bien tiene el sabor que Rielo le reconocía: el de un amor que libera, no el de un miedo que encadena.

La familia: primera escuela del espíritu

Rielo dedicó buena parte de su obra a la educación, convencido de que este patrimonio espiritual necesita, como las semillas, una tierra donde crecer. Esa tierra es, antes que ninguna otra, la familia. En casa no solo se transmiten genes: se transmite una manera de mirar la vida, de amar, de levantarse, de agradecer, de orar o de preguntar. Algunas prácticas sencillas traducen el modelo genético al día a día del hogar:

  • Conversaciones de sentido. Preguntar en la mesa qué fue lo mejor del día y por qué importó. Esas preguntas pequeñas enseñan a los hijos a leer su vida como una historia con significado.
  • Gratitud compartida. Nombrar cada noche, en familia, algo que agradecer. La gratitud dirige la mirada hacia el don recibido, el corazón mismo de la visión de Rielo.
  • Proyectos comunes. Un huerto, un viaje ahorrado entre todos, un servicio al vecino: metas compartidas que ejercitan la agencia y las rutas de la esperanza.
  • Acompañar las preguntas grandes. Cuando un hijo pregunta por Dios, por la muerte o por el sentido, escuchar antes que sentenciar. Las preguntas trascendentes no son un problema: son el espíritu creciendo.
  • Contacto con la naturaleza. Salir del asfalto reconecta con el ámbito cósmico de la persona y serena la vida psíquica.
  • Narrativas de esperanza. Contar las historias familiares de superación, con sus caídas incluidas. Son el mejor antídoto contra la idea de que las crisis no se superan.

Nada de esto exige familias perfectas. Exige familias presentes, capaces de conversar, agradecer y esperar juntas, también —y sobre todo— cuando llegan las tormentas.

Un modelo con plena actualidad

Hace medio siglo, Fernando Rielo formuló en clave filosófica lo que la ciencia del bienestar documenta hoy con datos: los seres humanos florecemos cuando nuestra vida tiene sentido, cuando la esperanza organiza nuestros proyectos y cuando la dimensión espiritual encuentra un cauce sano y libre. Su modelo genético ofrece a las familias un mapa integrador: somos cuerpo que se cuida, psique que se educa y espíritu que se cultiva, en relación con nosotros mismos, con los demás, con la naturaleza y con Dios. Ninguna de esas dimensiones sobra; ninguna reemplaza a las otras.

Quizá esa sea la buena noticia que este pensador dejó a los hogares de hoy: el bienestar integral no se compra ni depende de circunstancias perfectas. Se cultiva en lo cotidiano, alrededor de una mesa, cada vez que una familia elige mirar su “más”: esa reserva de amor, sentido y esperanza que ninguna dificultad logra agotar, porque no nos la dimos nosotros. Nos fue dada, y está siempre disponible.

 

Francisco Vivanco

Psicólogo. Abogado. Magister en psicología Clínica y de la Salud. Maestrante de Psicoterapia. Diplomado Internacional de Suicidología. Psicólogo UTPL y Coordinador del Área de Sicoética de la Unidad de Bienestar Universitario UTPL.