Un corazón que ama aprende, da sentido a la vida, cuida el matrimonio y la familia
¿Qué es amar? ¿Cuál es el sentido de nuestra existencia? Necesitamos valorar, descubrir nuestras situaciones, actitudes positivas como seres humanos que nos lleven a dar respuestas y sentido a nuestra vida, tanto en el ámbito personal, familiar, social, en relación con uno mismo y los demás. Sería importante reflexionar sobre algunos acontecimientos que nos causan angustia, desesperación, sufrimiento, pero también cuando el amor se manifiesta en medio de estas acciones.
El cuestionarnos nos obliga a plantearnos las grandes preguntas existenciales y personales que los griegos profundizaban a nivel ontológico (el ser) ¿Cuál es el sentido último de nuestra existencia? ¿Por qué y para qué vivimos? ¿Qué busco con mi vida, con toda mi vida? ¿La vida tiene sentido, en qué medida? Es necesario, detenernos a pensar que la vida sin amor es un vacío, la persona no puede explicarse sólo desde un ámbito biológico, psicológico también es un ser espiritual. Por ello, nuestra existencia tiene un origen, desarrollo, propósito, proyección trascendental, está siempre en constante búsqueda del mejoramiento y perfección en su máxima expresión como persona.
La identificación propia del ámbito personal, laboral y sobre todo familiar debe estar fundado en el amor, que constituye el horizonte vital del aspecto humano; que al respecto S.S. Juan Pablo II, en Redemptor Hominis:
En su reflexión antropológica explicaba: “(…) el hombre no puede vivir sin amor…(el ser humano) permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida se vacía de sentido, si no se revela el amor, si no se encuentra el amor, si no lo experimenta y hace propio, si no participa en él vivamente”. (nro.10).
En definitiva, el amor se convierte, en el verdadero significado de la formación de la persona, en el sustento de la educación, en la vivencia fundamental de la familia, de la humanidad y en el bien de la misma sociedad.
La donación de una misma persona a otras será enriquecedora y gratificante en la medida que buscarán el camino hacia la abundancia. Cada persona hombre y mujer, es un protagonista de su propia felicidad, su consecución dependerá de la experiencia de fortalecer su vida virtuosa. En este ámbito el matrimonio, la familia, los hijos van edificando libremente la comunión, la fraternidad, y otros en medio de sus sufrimientos, debilidades, pero también fortalezas como fruto de la correspondencia del amor pleno, que trasciende la realidad humana, un amor que se dona generosamente.







Educar para amar y cuidar del otro
El amor que edifica mantiene fiel al matrimonio, a la familia. En este ámbito el fundamento del amor cristiano según San Pablo exhorta a vivir un amor único que procede de la vivencia en Cristo que incide en el cuidado del otro:
“El amor es paciente, es servicial; el amor no tiene envidia, no hace alarde, no es arrogante, no obra con dureza, no busca su propio interés, no se irrita, no lleva cuentas del mal, no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”. (1 Co 13,4-7).
Al respecto, Rojas, Enrique. (2005) menciona algunas características importantes en relación con el término amor, desde los pensadores griegos hasta los estilos de vida modernos:
Para Sócrates, lo más excelente es el amor a la virtud, en tanto que conduce a obrar bien y a alcanzar el autodominio, es decir, el camino para conseguir la libertad interior. Para Platón el amor es ante todo insuficiencia y necesidad, deseo de conquistar y conservar. «Amar es querer el bien para alguien.» Además, Platón se refiere a que la esencia del amor reside en el bien y la belleza. El amor es el deseo de engendrar en la belleza. Aristóteles asegura que toda la conducta humana tiene un fin, el amor, y que éste significa «querer el bien para alguien». Luego con el pensamiento cristiano aparece la noción del amor en dos sentidos distintos, pero complementarios. Por una parte, amar a Dios y, por otra, transformar a los hombres en hermanos: «Amaos los unos a los otros», porque «no hay amor mayor que el que da la vida por sus amigos». Las afirmaciones rotundas y hasta ese momento insólitas hablan incluso de «amad a vuestros enemigos y haced el bien a los que os odian».(pp.41-74).
Algunas personas confunden el amor como sentimiento, deseo, pulsión, considerando único en relación con la individualidad, suscitando controversia frente a algo posesivo que conlleva a los celos, al control, la violencia, maltrato, exigencia excesiva y gritos. Sin embargo, amor significa confianza, cuidado, respeto por el otro, escucha, perdón, esta vivencia del amor ayuda en el crecimiento emocional y espiritual.
Asimismo, el matrimonio es “La unión de un hombre con una mujer, fruto de su amor y donación” (García, 2006). La constitución de una familia entre los esposos, padres e hijos consiste en compartir la vida con alegría, discutir diferencias y preferencias y respetar la integridad física, moral y espiritual del ser amado. La diferencia entre las personas que se aman y las que no, tienen un equilibrio saludable de emociones, acciones positivas y negativas. El hombre unido a una mujer, o viceversa, será más feliz y estable cuando ambos se esfuercen por vivir más profundamente su promesa de amor auténtico sustentado en el perdón y la buena convivencia.
Claro está, que los esposos al formar su familia tienen la responsabilidad de educar a sus hijos en la práctica de valores, virtudes, a ser responsables de sus actos y enseñarles a educar su corazón, su vida. En este sentido, el deber educativo de los padres se califica como esencial, relacionado con la transmisión de la vida humana; como original y primario, como la convivencia con los demás, la unicidad de la relación de amor que subsiste entre padres e hijos; constituye algo insustituible e inalienable y que, por consiguiente, no puede ser totalmente delegado o usurpado por otros. (Familiaris Consortio, n. 36).
A modo de reflexiones:
El amor es como el resumen y resultado de todas las virtudes. Aunque, pensándolo bien, el amor es el motor del resto de virtudes. De este modo, vivir fundamentalmente del amor de acuerdo con el mayor bien posible no es tarea fácil, pero el amor debe implementar todas las virtudes.
El matrimonio como plenitud del amor, es capaz de alejar a la persona de su egoísmo, para unirla plenamente a lo que ama; hace a la persona más personal, más creativa, más equilibrada, más autocontrolada, en definitiva, más feliz.
El que actúa bien según su naturaleza se ama bien a sí mismo, lo cual es requisito para amar a los demás. La práctica de las virtudes crea una forma de vida armoniosa y estable, con satisfacción al más alto nivel. El hombre y la mujer virtuosos en cierto sentido son más fuertes para lograr juntos vencer sufrimientos y dificultades.
El auténtico amor se da cuando los esposos, los padres e hijos dejan de decir YO para decir NOSOTROS; porque es eterna y fructífera. Es decir, en el matrimonio la libertad se entiende realizada, y se realiza comprendiéndose a sí misma; se entiende que uno debe liberarse, y se libera liberando al otro, haciéndolo una persona más libre, facilitando y creando espacios para la escucha, la oración, el discernimiento, afrontar los sufrimientos, enfermedades, problemas, que se suscitan en el caminar de la vida, pero convencidos que el amor sin la presencia de Dios es simplemente un vacío a la deriva.
Roberto Carlos Cuenca Jiménez
Máster en Ciencias de la Familia (Asesoramiento, Orientación, Mediación e Intervención Familiar) en la Universidad Santiago de Compostela-España (USC) y Experto en Tecnologías y Familia (USC). Docente investigador UTPL.