La familia no tiene fronteras

Mis padres definían la familia como una pequeña comunidad y para ser más exacto, se basaban en la definición de las primeras comunidades cristianas.

 

“44 En cuanto a los creyentes, vivían todos de mutuo acuerdo y todo lo compartían. 45 Hasta vendían las propiedades y bienes, y repartían el dinero entre todos según la necesidad de cada cual. 46 A diario acudían al Templo con constancia y en íntima armonía, en familia partían el pan y compartían juntos el alimento con sencillez y alegría sinceras. 47 Alababan a Dios, y toda la gente los miraba con simpatía. Por su parte, el Señor aumentaba cada día el grupo de los que estaban en camino de salvación”. Hechos 2: 42-47

 

Para ellos, la familia venía primero y no sólo como la frase cliché que hemos escuchado muchas veces, sino desde el momento inicial, desde cómo la formaron y cómo actuaban para con ella. Luego de un noviazgo de poco más de 5 años, mis padres se casaron, sin embargo, este no fue un matrimonio “normal”, al casarse mi madre también renunciaba a seguir siendo maestra de primaria y como parte de comenzar oficialmente su vida juntos, también decidieron comenzar una vida al servicio de Dios y de la iglesia, en pareja y en otro país. Mis papás decidieron ser misioneros.

 

“Por esto el hombre dejará a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán un solo ser.” Así que ya no son dos, sino un solo ser. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe nadie.» Mt 19:5-6

 

“33 Así pues, cualquiera de ustedes que no deje todo lo que tiene, no puede ser mi discípulo”. Lc 14: 33

 

– Estos versículos de la biblia, los escuché incontables veces, cuando ellos se referían a su decisión de ser misioneros. –

 

Entonces, al casarse dejaron su natal Colombia, dejaron su vida cómo la conocían y se fueron a ser misioneros en Ecuador. Puesto así, suena a que pasó de la noche a la mañana, pero no fue así, hasta este punto mi papá había estado 3 años en Ecuador haciendo misión, contactos y conociendo el terreno. Mi mamá al casarse, se unía a él en esta empresa. Mantuvieron su noviazgo a distancia, a través de cartas, grabaciones en cassettes (eran los inicios de los 80’s) y encuentros cada cierto tiempo.

 

Desde el comienzo, esto también marcó a nuestra familia con la identidad de ser una familia inmigrante. Hoy puedo afirmar que considero esa condición una gran fortuna. Nací en un país distinto al de origen de mis padres. Ellos hablaban de una manera distinta —eran “paisas”, como se conoce en Colombia a quienes nacen en el Eje Cafetero— y también se comportaban diferente: dignos representantes antioqueños en medio de personas de la Costa y la Sierra ecuatoriana. Nuestra comida era otra, nuestras costumbres también; casi siempre éramos “los raros” del lugar. Sin embargo, el trabajo cercano con la comunidad, el servicio y la atención a los demás formaban parte esencial de nuestra vida cotidiana.

 

 Una de las definiciones de la RAE (Real Academia de la Lengua Española, para la palabra migración es: “desplazamiento de población desde su lugar de origen a otro diferente, generalmente motivado por causas económicas o sociales”. Bajo ese contexto, uso la palabra migrante en mi texto y experiencia de vida. De esta manera, la definición de familia que yo conocí, se sustentaba en estos cimientos católicos cristianos de una pequeña comunidad, en los valores que mis padres nos inculcaron desde pequeños y en un profundo sentido de libertad: el de no aferrarnos ni a las personas ni a las cosas de un lugar determinado. A su vez convivía con el hecho de saber que teníamos una familia en Colombia: abuelos, tíos y primos; a quiénes veíamos al menos una vez por año y con quiénes a pesar de la distancia desarrollamos hermosas relaciones.

 

Un elemento muy importante en todo este camino siempre fue la comunidad extendida, la comunidad más allá de la familia, esa comunidad que mis padres siempre buscaron crear, promover y empujar, esas personas que se terminaban constituyendo en familia mientras estábamos en ese lugar y muchas de ellas en familia hasta hoy.

 

Durante los primeros años de mi vida, siento que más que ser migrantes éramos nómadas (Definición RAE: adj. Dicho de un individuo, de una tribu, de un pueblo: Carente de un lugar estable para vivir y dedicado especialmente a la caza y al pastoreo. Apl. a pers., u. t. c. s.), y esto lo digo porque:

 

  • Estudié en 5 escuelas diferentes, perdí la cuenta de los pueblitos en los que viví, experimenté el calor de la costa, el frío de la sierra y las montañas, la calidez de la gente en los diferentes lugares y climas. A lo largo de todos esos lugares distintos, la constante para mí fue crecer en el seno de mi pequeña familia de cinco —mamá, papá y mis tres hermanos—, en un entorno marcado por el sentido de comunidad, el respeto y la disciplina. En casa se valoraban el esfuerzo y el trabajo, y siempre había espacio para jugar, rezar, estudiar y compartir juntos.

 

Cuando cumplí ocho años, mi hermano y yo ya asistíamos a la escuela, mi madre le propuso a mi padre que era momento de instalarnos durante un tiempo. La idea era que pudiéramos estudiar en un mismo lugar y contar con una educación más “estable”, con continuidad en los contenidos, las metodologías y los procesos de aprendizaje. Hasta entonces, yo había pasado por escuelas de distintas regiones del Ecuador e incluso cursé un año y medio en Colombia, lo que me expuso a modelos educativos diversos, así como a enfoques distintos en materias como historia y geografía.

 

Definitivamente todo esto marcó en mí, fuertes deseos de conocer lugares diferentes, estar abierto a explorar y vivir en lugares nuevos, ver la vida y la estabilidad como algo que está en movimiento, que cambia y se define de maneras diferentes y en momentos distintos a emocionarme por comenzar una vida en un nuevo lugar, por conocer nueva gente, nuevos lugares, aunque también con el tiempo, a aprender que me perdería muchos momentos familiares del resto de mi familia, cumpleaños, graduaciones, matrimonios, comidas, risas. Sin embargo, esto también me permitió valorar mucho más las pocas ocasiones en las que sí pude —y aún puedo— disfrutar de esos momentos.

 

Al salir de casa de mis padres, me quedé por un tiempo en el lugar donde había crecido (Loja – Ecuador), para después migrar a Quito, posteriormente a Santiago de Chile y luego a Ciudad de México, donde actualmente resido. Al poco tiempo de dejar de vivir con mis papás, mi padre falleció, yo tenía 23.

 

Durante mi migración en solitario, y con el auge de las telecomunicaciones, Internet, videollamadas, teléfonos celulares, etc., mantener un contacto más continuo con mi madre y mis hermanos se volvió cada vez más sencillo. Sin duda, esto transformó mi experiencia de estar lejos: pude crear y sostener vínculos tan vivos y activos como me era posible, según mis propias circunstancias.

 

De la misma manera, eso que había aprendido sobre ser y hacer comunidad, me dio las herramientas para buscar mis propias comunidades en cada lugar, esos familiares elegidos que ahora me acompañaban. Aunque debo reconocer que, con el paso del tiempo, he percibido que cuanto más grande es la ciudad, más distante y apática se vuelve la gente; pero esa reflexión quizá merezca otro escrito.

 

Desde hace 8 años estoy casado con una mexicana y tenemos un hijo, y aunque nuestra familia no ha migrado, comparte con mi historia el tener una parte de la familia que está lejos, la convivencia de culturas diferentes, sabores distintos en cada lugar.

Esta etapa me ha permitido tener perspectivas diferentes sobre la riqueza que puede significar, el estar cerca de la familia y permanecer en un mismo lugar por un tiempo, por ejemplo:

 

  • Hoy mi hijo puede disfrutar de una relación constante y cercana con sus abuelos maternos, disfrutar de juegos, risas y también de situaciones y diversos eventos que le darán nuevas perspectivas.

 

  • Construir una dinámica familiar que trasciende la temporalidad de las vacaciones. Cuando era niño, la relación con mi familia extendida se concentraba en un período breve del año: las vacaciones, esos días en los que compartíamos espacios, comidas, juegos y risas. Hoy, en cambio, junto a mi esposa, mi hijo, mis suegros y mis cuñados, esa experiencia ha adquirido una dimensión distinta: es constante. Nos vemos con frecuencia —cada semana o incluso antes— para jugar y convivir. Por supuesto, la cercanía también trae consigo nuevos retos.

 

  • Crear una comunidad, esa familia que vamos escogiendo, tiene una proyección mayor en el tiempo, y eso también enfrenta otros desafíos y gustos. Las relaciones que mis padres construían estaban profundamente vinculadas al servicio y a su misión evangelizadora; nacían, en principio, de ese propósito, y a partir de él se desarrollaban los vínculos interpersonales.

 

Si bien hoy, definitivamente, estamos a un click de nuestra familia en Colombia o en México y se hace mucho más sencillo el poder estar en contacto, también tenemos presente el aporte vital que da a nuestras relaciones la presencialidad, esos espacios donde todos podemos no sólo escucharnos reír, sino también sentirnos, esos espacios donde también la tristeza se ha envuelto en abrazos y comidas compartidas.

 

Si tuviera que resumir en 3, los grandes aprendizajes que me ha dejado este recorrido nómada y migratorio, serían los siguientes:

 

  1. La familia está dada por los vínculos que existen entre esas personas que comparten sangre o no (la familia escogida tiene mucho peso). No por un lugar, no por una casa, no por una ciudad. La relación que se construye y alimenta, entre esas personas es lo que define a esa familia, sus valores, sus cimientos, su forma de verse y definirse; es a través de esos vínculos, que nos volvemos flexibles, tolerantes, amables, cariñosos, bondadosos generosos, o todo lo contrario.

  2. Las costumbres familiares son fundamentales, esos espacios de encuentro cada cierto tiempo, las comidas, los juegos, las oraciones, las novenas de Navidad, etc., construyen en nuestros sentimientos y mente, espacios anacrónicos que favorecen la creación de vínculos con nuestros seres queridos. Las relaciones se alimentan también a través del tiempo y la presencia que dedicamos. La calidad del tiempo es importante, pero también lo es el volumen de tiempo dedicado.

  3. A diario tenemos la potestad de definir cómo queremos que sea nuestra familia. Con esto no quiero decir que todos los días cambiamos de idea respecto a cómo vemos a nuestra familia, sino más bien, que cada día elijamos construir esa familia que queremos, que cada día elijamos alimentar esa relación que nos gustaría llegar a tener, que cada día elijamos reforzar la vivencia de nuestros valores y principios, que cada día seamos bondadosos y generosos con nosotros mismos y con los otros, para concedernos la oportunidad de volver a intentarlo, o también elegir cuando ya ha sido suficiente y es momento de abrazar una nueva perspectiva.

José Sandoval Noreña

Ser humano en proceso, aprendiz constante, esposo y padre, triatleta de media distancia amateur, me enfoco en aportar valor a la vida de las personas y a las empresas a través del crecimiento personal, tecnología y negocios.