EDUCAR PARA LA AUTONOMÍA DIGITAL

Alguna vez escuché que somos una generación de padres analógicos criando hijos 100% nativos digitales. Y es verdad.

 

Crecimos jugando en la calle hasta que anochecía, llamando desde teléfonos fijos, esperando que pasaran nuestro programa en la TV y que el locutor de la radio hiciera una pausa para grabar nuestras canciones en un cassette, sin internet, sin algoritmos que nos dijeran qué ver, sin notificaciones.

 

Nuestros hijos, en cambio, no conocen el mundo sin internet, especialmente si nacieron después del 2010. Para ellos, la conexión no es solo algo adicional, es el día a día.

 

Ellos y nosotros no vivimos las mismas experiencias ni enfrentamos los mismos riesgos, por eso no podemos educarlos del mismo modo en que fuimos educados, ni asumir que aquello que a nosotros no nos pasó tampoco les pasará a ellos.

 

Más allá del tiempo de pantalla

 

Cuando un niño o un adolescente recibe su primer celular, no solo accede a un instrumento para comunicarse, sino que accede a un entorno con múltiples posibilidades, pero también con riesgos.

 

Internet no es un territorio neutral. Las redes sociales, los videojuegos y muchas aplicaciones incorporan diversos mecanismos que no solo buscan captar su atención, sino retenerla el mayor tiempo posible. Notificaciones constantes, sistemas de recompensas y el scroll infinito son algunos ejemplos de ello.

 

Por ejemplo, ¿se han preguntado cuántas veces al día desbloquean su teléfono solo para revisar algo? Un reportaje de El Tiempo de Colombia, publicado en diciembre de 2025, señala que una persona puede hacerlo al menos 110 veces al día hasta convertir esta acción en una conducta casi automática.

 

Aunque no lo parezca, esta pequeña acción refuerza el hábito de estar siempre mirando el celular y, al mismo tiempo, hace que cada vez sea más difícil desconectarnos.

 

En esa misma línea, un estudio reciente con más de 50.000 participantes en 195 países, basado en la Smartphone Addiction Scale, evidencia que hay un uso problemático del celular ampliamente extendido en adultos.

 

Aquí surge una pregunta: si a nosotros como adultos nos cuesta desconectarnos, ¿qué podemos esperar de nuestros hijos? Porque no se trata solo de una cuestión de voluntad: el sistema está diseñado para que no nos desconectemos, y eso nos pone en desventaja. Aun así, el punto no es resignarse, es pensar en cómo los estamos para que ese uso de las tecnologías sea cada vez más consciente de lo que implica y fomente la necesidad de actuar con cautela. El verdadero reto no es controlar el tiempo de uso de pantallas, sino formar criterio  en su uso, especialmente cuando no están bajo nuestra mirada.

No es el mismo mundo

 

Seguramente usted, al igual que yo, ha repetido alguna vez la frase: “En mis tiempos eso no pasaba”. Es verdad. No pasaba porque no existía este entorno digital, ni la hiperconectividad a edades tempranas.

 

Hoy, según datos de UNICEF, uno de cada tres usuarios de internet en el mundo es menor de 18 años. En América Latina, la penetración de internet supera el 70% en adolescentes, según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OECD) y reportes regionales de conectividad.

 

En nuestros tiempos, las interacciones se realizaban principalmente en  espacios físicos; para ellos, también en espacios virtuales. Y en estos espacios las reglas de visibilidad, anonimato y viralidad transforman la manera en que se construyen las relaciones.

De ese modo, cuando un adolescente publica una foto, comenta un video o reenvía un mensaje, no lo hace solo frente a un grupo de amigos del barrio o de la escuela. Lo hace potencialmente frente a cientos o miles de personas. Su audiencia no siempre es visible, y el impacto tampoco.

 

Riesgos reales

 

Ciertamente, internet ofrece una gran variedad de oportunidades: grandes cantidades de información, velocidad, diversidad de fuentes, aprendizaje autónomo, comunidades de interés, redes de apoyo, participación ciudadana, emprendimiento digital y expresión creativa. Sin embargo, junto a estas ventajas también vienen los riesgos: exposición a desinformación, contenidos violentos, contacto con desconocidos, difusión no consentida de contenido íntimo, retos virales (que pueden terminar en lesiones graves), acoso digital, dinámicas de sextorsión y grooming, y otros fenómenos documentados. Todos estos riesgos tienen un elemento en común, y es la necesidad de que el usuario tome decisiones informadas, en otras palabras, criterio.

 

Es decir, el mismo ecosistema que crea oportunidades también amplifica vulnerabilidades.

Organizaciones como Maldita.es y Chequeado han evidenciado cómo, a nivel global, una parte significativa de adolescentes comparte información falsa sin identificar fuentes. No se trata solo de noticias falsas o titulares engañosos, sino también de contenidos sobre salud, cuerpo, alimentación, retos virales, teorías conspirativas, consejos financieros o tendencias difundidas ampliamente sin respaldo profesional.

 

En muchos casos, no existe una mala intención de fondo, sino una falta de criterio para distinguir entre opinión, publicidad encubierta, entretenimiento y evidencia verificable. Hablar de estos escenarios es importante para comprender el entorno en el que nuestros hijos están creciendo.

 

Educar distinto para un contexto distinto

 

En nuestros tiempos aprendimos a desconectarnos porque la desconexión era la norma. Los programas terminaban después de pocas horas. El entretenimiento tenía límites, hoy no.

 

Cuando a Marc Randolph, cofundador de Netflix, le preguntaron cómo lidiaban con la competencia de plataformas como Disney+ o Amazon Prime, afirmó que su mayor competidor no es ninguna de esas empresas tecnológicas, y tampoco otras, su mayor competencia, dijo, es el sueño; es decir, las horas de descanso.

 

Lo que no dijo es cómo esta competencia por la atención termina desplazando nuestro tiempo de descanso, y cómo dormir menos afecta seriamente la vida de las personas.

 

Recientemente, el CEO de Meta, Mark Zuckerberg, fue cuestionado sobre un tema similar, admitiendo que, en el pasado, la compañía sí estableció metas orientadas a incrementar el tiempo que los usuarios pasaban en sus aplicaciones, pero que actualmente ese ya no es el objetivo explícito de diseño.

 

Más allá de las justificaciones, es evidente que, durante años, muchas plataformas han estructurado su crecimiento en torno a la permanencia de los usuarios, la interacción constante y la captura de atención. Y aunque hoy, estas mismas plataformas nos hablen de bienestar digital, los entornos siguen funcionando bajo la lógica de la economía de la atención, un modelo de negocio donde el tiempo y el interés de las personas funcionan como moneda de cambio en el entorno digital.

 

El scroll infinito no está ahí por casualidad, es una parte clave del diseño.  La reproducción automática no es un detalle meramente técnico. Esta garantiza la continuidad del uso sin interrupciones, pero también, sin la opción de pensar en detenerte. Las notificaciones intermitentes están pensadas para activar impulsos y, si el usuario se desconecta para trabajar, hacer tareas u otras actividades, traerlo nuevamente al terreno de lo digital.

 

¿Limitar o prohibir?

 

Frente a este panorama, las primeras reacciones de muchos padres suelen ser limitar el uso de dispositivos, y en otras prohibir de forma tajante.  

 

En el primer caso, se suelen establecer horarios de uso, se reduce el acceso o se condiciona al cumplimiento de tareas. En el segundo, se retira el celular, se bloquean aplicaciones o se suspende el acceso. Ambas alternativas parten de una intención legítima: proteger. Sin embargo, conviene preguntarse qué estamos construyendo con cada decisión y, sobre todo, si les estamos dando herramientas para que en el futuro decidan por su propia cuenta.

 

Las limitaciones pueden funcionar e incluso convertirse una forma de enseñarles a marcar límites en edades tempranas, cuando la autorregulación aún no está desarrollada; es decir, la capacidad de gestionar su propio comportamiento cuando nadie los ve. Pero si se convierte únicamente en una vía de control externo, el aprendizaje se queda en la obediencia y no en la comprensión, menos en el aprendizaje.

 

Por otro lado, aunque la prohibición absoluta puede ser necesaria en situaciones específicas; por ejemplo, ante casos de acoso, exposición indebida o conductas de riesgo; hay que tomar en cuenta que rara vez es sostenible a largo plazo.  Tarde o temprano el acceso llegará: en la escuela, en casa de un amigo o en cualquier lugar. Y si el único aprendizaje fue “esto está prohibido” sin formación de criterio, el riesgo suele reaparecer cuando el control de los padres termina.

 

El diseño adictivo en el centro del debate público

 

Esta tensión entre proteger mediante la restricción y formar para la autonomía no solo se vive en el ámbito familiar; también atraviesa el debate público y las políticas estatales en distintos países.

 

En febrero de 2026 en Estados Unidos inició un juicio en el que una joven que hoy tiene 20 años, y su familia, demandaron a Instagram y YouTube, alegando que los diseños de estas aplicaciones: scroll infinito, reproducción automática, sistemas de notificaciones intermitentes y mecanismos de validación social, favorecieron su adicción a las plataformas desde los 6 años de edad.

 

Lo llamativo del caso es que este no se centró en el contenido que la joven consumía en las redes, sino  en su configuración y diseño.  

 

Cinco semanas más tarde un jurado en Los Ángeles emitió una sentencia histórica a favor de los demandantes, declarando a las plataformas como responsables de atentar contra la salud mental de la joven a través del diseño adictivo de sus aplicaciones y la falta de control para evitar el acceso de menores de edad.

 

«Dejé de relacionarme con mi familia porque pasaba todo mi tiempo en las redes sociales», dijo la joven demandante durante su testimonio. También contó como a los 10 años empezó a sentir ansiedad y depresión, trastornos de los que fue diagnosticada años más tarde.

 

Del mismo modo indicó que comenzó a obsesionarse con su apariencia física casi desde el momento en que empezó a usar Instagram, a los 9 años, y que usaba filtros para modificar significativamente su apariencia. Desde entonces fue diagnosticada también con dismorfia corporal, una condición que hace que las personas se obsesionen con defectos físicos imaginarios o leves, percibidos como deformidades. 

 

El jurado señaló que las plataformas “actuaron con malicia”, al crear plataformas adictivas.

Este fallo sienta un precedente en un país donde actualmente existen más de 1.500 demandas sobre el mismo tema.

 

Este caso refleja una problemática más amplia. Países como Australia y España ya adoptaron restricciones de edad para redes sociales, y en Ecuador, en febrero de 2026 entró a debate una reforma del Código de la Niñez y Adolescencia en esta materia.

Estas realidades nos recuerdan algo fundamental: si los entornos digitales están estructurados para captar atención de manera constante, la conversación sobre límites y formación no pueden recaer únicamente en el hogar, sino que requieren una respuesta articulada entre políticas públicas, educación y regulación tecnológica.

 

Las regulaciones pueden avanzar, los tribunales pueden pronunciarse, las plataformas pueden modificar funciones. Sin embargo, la decisión cotidiana de seguir deslizando o detenerse, compartir o no, seguirá siendo individual y esa capacidad de decisión no se construye en una sentencia judicial, sino en la educación diaria.

 

Comunicación permanente

 

Con frecuencia escucho a padres decir: “Mi hijo ya no me cuenta nada”, “La adolescencia nos distanció”, “Desde que tiene redes sociales me oculta cosas”, y considero que es posible que la tecnología influya, no siempre es la única causa.

 

Considero que las fracturas profundas en la relación con nuestros hijos no comienzan con la adolescencia o con el primer celular ni perfil digital. A menudo, el problema es que las bases comunicativas no se consolidaron antes.

 

En ese sentido, la conversación sobre el uso de la tecnología no debería comenzar cuando el conflicto estalla. Debe iniciar antes, en la calma, cuando no hay crisis y a edades tempranas. La comunicación permanente nos permite anticiparnos al daño, y no solo reaccionar ante él. Hablar cuando todo está bien crea confianza. Hablar solo cuando hay un problema suele convertir el diálogo en interrogatorio y en ese momento la conexión emocional se hace más compleja.

 

¿Y si yo no sé?

 

También es justo reconocer que nosotros, como padres, estamos aprendiendo sobre la marcha. Este entorno digital no solo desafía a nuestros hijos; también nos desafía a nosotros. La velocidad de los cambios tecnológicos, la aparición constante de nuevas aplicaciones y la exposición permanente a información pueden resultar abrumadoras incluso para adultos.

 

Por eso cuando decimos “No entiendo esas aplicaciones” o “Mi hijo sabe más que yo”, normalmente es cierto. Nuestros hijos pueden tener una mayor habilidad técnica que nosotros. Pero en educación digital no pretendemos que los padres sean expertos en cada plataforma, sino que acompañen con criterio, valores y presencia.

 

Para la Unesco, el acompañamiento adulto sigue siendo un factor clave en el desarrollo de habilidades críticas en entornos digitales de nuestros hijos, pero ese acompañamiento, más que dominio tecnológico demanda interesarse, preguntar, escuchar, pedir que nos expliquen, mostrar disposición a aprender. Porque no saberlo todo no invalida nuestra autoridad como padres; el desinterés, en cambio, sí la debilita.

 

Coherencia adulta

También conviene que seamos autocríticos.

 

  • Generalmente pedimos a nuestros hijos que reduzcan su tiempo en pantalla mientras nosotros no soltamos el celular.
  • Hablamos de privacidad, pero publicamos constantemente fotos, videos e información de nuestro día a día, y de nuestros hijos, sin medir sus consecuencias futuras. Construimos su huella digital antes de que puedan decidir sobre ella.
  • Exigimos autocontrol mientras revisamos compulsivamente cada notificación.
  • Pedimos prudencia, pero compartimos sin reflexionar.

 

La coherencia no es un detalle secundario, es parte del mensaje educativo que podemos dar a nuestros hijos. El ejemplo educa más que el discurso siempre, los padres no solo orientamos con lo que decimos, sino también con lo que hacemos.

 

Corresponsabilidad

 

Si bien la familia tiene un rol fundamental en la formación en la era digital, requiere de un apoyo eficiente y sostenido de otros actores. La familia construye hábitos y criterio, pero la escuela desarrolla competencias críticas, el Estado regula y protege derechos, y las plataformas deben asumir responsabilidad en el diseño de sus entornos. A pesar de ello, ambas dimensiones no se excluyen. Las condiciones estructurales incluyen, pero la decisión final: reenviar o no, publicar o no, exponerse o no, siempre será individual.  

 

Sí, somos una generación que conoció el mundo sin internet, criando a otra que nunca lo vivió. Esa diferencia no debe generarnos miedo, sino conciencia, porque más allá de dispositivos y aplicaciones, lo que está en juego es la capacidad de decidir con criterio cuando nadie está mirando, y esa capacidad se construye en el vínculo, en la experiencia y en la educación cotidiana.

Claudia Rodríguez Hidalgo

Docente universitaria e investigadora en comunicación, con énfasis en desinformación, educación mediática y opinión pública en entornos digitales. Su producción académica se centra en el análisis de la circulación de contenidos, verificación de información, cultura digital y el impacto de la tecnología en los procesos comunicativos contemporáneos.