Atrapados en la Red: los desafíos del mundo digital

A las generaciones actuales de las denomina «nativos digitales», debido a que durante su crecimiento han estado ligados con la tecnología. Sin embargo, como sociedad, hemos asumido erróneamente que este crecimiento ha ido implícitamente acompañado de un correcto aprendizaje sobre el uso adecuado de la tecnología o sobre cómo evitar los múltiples riesgos a los que nos encontramos expuestos. Esta falsa percepción, ha dado paso también a la creación de los llamados «huérfanos digitales», niños, niñas y adolescentes que han desarrollado habilidades tecnológicas sin la guía de un adulto responsable, o cuyos padres o cuidadores pasan la mayor parte del tiempo frente a una pantalla, ya sea por trabajo o entretenimiento (Cortejoso, 2025). Cuestión que resulta alarmante, debido a que el tiempo de calidad y la comunicación efectiva se ven disminuidas, dando paso a la fragmentación de los vínculos, disminuyendo de forma sustancial las relaciones sociales.

 

Hoy en día, niños, niñas y adolescentes se encuentran mucho más vinculados al mundo digital de lo que muchas veces se reconoce; uno de cada tres usuarios de internet en el mundo es un niño (Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia, 2018). Como se observa, este dato fue recogido hace ocho años, cuando las redes sociales no tenían ni la mitad de la popularidad que poseen actualmente. Aun así, ya desde entonces se opinaba que las medidas de protección existentes no resultaban eficaces ni suficientes.

 

Si se considera que este panorama se ha intensificado con el paso de los años, resulta evidente que los desafíos hoy, son incluso mayores. En el contexto ecuatoriano, esta situación no es ajena. Según reporta un informe realizado por ChildFund International, (2025) en Ecuador, el 90% de niños, niñas y adolescentes utilizan teléfonos móviles para conectarse a internet, y el 72,8% lo hace de manera diaria para actividades como entretenimiento y comunicación. Esto nos confirma que, el acceso a la tecnología es parte de la cotidianidad en las etapas de infancia y juventud, y que el entorno digital se ha convertido en un espacio central de socialización y construcción de identidad individual.

 

Si la presencia de las redes sociales en nuestro día a día como adultos es innegable, su influencia resulta aún mayor al hablar de adolescentes, quienes emplean estos recursos como el medio principal  para establecen interacciones sociales. Sin embargo, ello también los expone a contenidos que no siempre son adecuados a su edad.

La realidad presentada por medio de las pantallas suele ser distorsionada. En redes sociales usualmente se muestra la vida perfecta: dinero, viajes, cuerpos irreales, popularidad. Todo ello puede generar afectaciones a la autoestima, percepción idealizada de la realidad, comparaciones, construcción de expectativas poco realistas, búsqueda de reconocimiento y validación social. Por ello, es importante preguntarnos: ¿a quiénes seguimos en redes sociales?, ¿qué tipo de contenido consumimos comúnmente?, pero, sobre todo, en la actualidad, ¿quiénes son los referentes digitales de los infantes y jóvenes?

 

Gran parte de niños, niñas y adolescentes navegan por internet sin ningún tipo de guía o supervisión. En Ecuador, tres de cada diez niños de entre 9 a 11 años usan internet o dispositivos electrónicos sin supervisión o acompañamiento (ChildFund International, 2025). Cuestión que resulta alarmante, dado que distintos estudios han demostrado que niños, niñas y adolescentes se encuentran a tan solo tres clics de acceder a material que promueve violencia o contenido para adultos. Lo que deja en evidencia que, aunque muchas plataformas ofrecen controles parentales, estos no son suficientes si no hay una supervisión activa y constante por parte de los adultos responsables, debido a que existen usuarios de internet que se ingenian la manera de saltar los controles parentales e infiltrarse incluso entre el contenido que es clasificado como apto para todo público.

 

Por otra parte, convertirse en influencer o creador de contenido se ha convertido en una aspiración bastante frecuente entre los adolescentes, rol que implica alcanzar cierto reconocimiento en redes sociales, el mismo que se mide por el alcance que tiene y la interacción que existe con el contenido que publica (Jiménez et al., 2022). Querer convertirse en influencer o creador de contenido no es el problema, sino la falsa percepción de que es el camino más fácil; de igual manera, desconocer el impacto psicológico que puede tener estar en el ojo público de manera constante, llegar a depender de la aprobación de los demás y ser responsable de aquello que se comparte, debido a que no todos los usuarios de redes sociales utilizan sus plataformas como un medio para dar a conocer mensajes positivos, responsables o promover el pensamiento crítico.

 

En nuestro país se viralizó recientemente una noticia que vinculaba a influencers con algunas organizaciones criminales. Mujeres de menos de 30 años que presumían en redes sociales una vida de lujos excesivos, viajes, atuendos, distintas propiedades, contaban con una cantidad considerable de seguidores, dejando en evidencia que detrás de ciertos estereotipos de éxito, existen realidades violentas y peligrosas. Buena parte de la sociedad actual ha empezado a normalizar la denominada narcocultura, por medio del consumo de películas y series, cambiando la manera en la que muchas personas perciben el éxito, principalmente en contextos marcados por desigualdades económicas o falta de oportunidades (Lema, 2025). Todo ello sin generar reflexión respecto al sufrimiento, riesgo y la pérdida de vidas que todo ese mundo implica. Para muchos jóvenes, este tipo de referentes guían sus aspiraciones, desplazando valores fundamentales como ética, esfuerzo, respeto o responsabilidad en la toma de decisiones.

 

De igual manera, en redes sociales también se visualizan elementos que promueven estándares de belleza irreales y consumismo, como lo es el caso de las «sephora kids», niñas y adolescentes que acuden a tiendas de maquillaje para adquirir de manera excesiva productos y rutinas de cuidado de la piel que no corresponden a su etapa de desarrollo, adquiriendo ácido hialurónico, cremas antiarrugas, sérums, colágeno, entre otros (Feijoo, 2025). Algunas de ellas muestran su rutina dentro de redes sociales, usan distintos productos sin la supervisión de un especialista, lo que puede generar una distorsión peligrosa de la realidad, para niñas y adolescentes que tienen su misma edad y consumen su contenido.

 

La inteligencia artificial es también una herramienta que cada vez esta más presente en nuestra rutina diaria, uno de los lugares en el que su existencia es más habitual, son las redes sociales, donde podemos encontrar desde vídeos hasta perfiles creados con dichas herramientas.
Un claro ejemplo de ello es Nia Noir, que cuenta con 2,7 millones de seguidores en TikTok, sube vídeos bailando y fotografías de su rostro o atuendos. Existieron dudas respecto a su existencia hasta recientemente, cuando otros usuarios de la plataforma lograron determinar que su creación tuvo lugar tomando como referencia videos de usuarios reales, consiguiendo que imite a la perfección gestos, movimientos y expresiones. Esta situación no sólo refuerza estándares de belleza irreales y existentes en redes sociales, sino que también nos invita a plantear preguntas respecto a la veracidad del contenido compartido en internet.

 

Por otro lado, está también la creación de imágenes o videos con herramientas de inteligencia artificial. Varias han sido las ocasiones en las que usuarios que, aun siendo adolescentes, han generado imágenes de contenido para adultos empleando el rostro de personas reales sin su consentimiento, para después difundirlo por distintas páginas web o plataformas. Dicha práctica vulnera la dignidad, intimidad e integridad de la persona afectada, pudiendo tener consecuencias gravísimas a nivel emocional y mental, pero lo más alarmante de todo esto es que no existe un marco legal que regule situaciones como esta, que incluso pueden llegar a catalogarse como violencia digital.

 

Igualmente, existe la necesidad de que los padres o cuidadores de niños, niñas y adolescentes conozcan el lenguaje que es empleado usualmente en plataformas digitales. Ello debido a que, actualmente, es bastante común entre jóvenes el uso de códigos, emojis o abreviaturas para poder mantener una conversación sobre distintos temas que abordan desde sustancias ilícitas hasta sexualidad o situaciones de riesgo, para que estas no logren ser comprendidas por un adulto en caso de que revise su dispositivo electrónico (Rivera, 2025). Es importante mencionar que este tipo de lenguaje se encuentra en constante cambio, lo que refuerza la necesidad de que los adultos no solo controlen el tiempo de uso de pantallas, sino que también se interesen por comprender las dinámicas propias del mundo digital, especialmente aquel en el que se desenvuelven niños, niñas y adolescentes.

 

Más allá de los riesgos evidentes, existen también consecuencias a nivel físico, psicológico y emocional derivadas del uso excesivo de dispositivos tecnológicos. Hoy en día, observamos una generación que presenta dificultades para desarrollar habilidades sociales básicas como la empatía, paciencia, control de emociones o tolerancia a la frustración (Lozano et al., 2021). Las redes sociales, al funcionar mediante algoritmos cuidadosamente diseñados para captar la atención del usuario la mayor cantidad de tiempo posible mediante la oferta de contenido específico, basado en los gustos e interacciones que posee cada persona con la plataforma, generan una experiencia adictiva. Por medio del algoritmo se refuerzan ideas, estereotipos y comportamientos, lo que, al final del día, genera impacto respecto a la formación de pensamiento crítico, especialmente en etapas tan importantes como la infancia y adolescencia.

 

En este punto, resulta importante mencionar a Mercedes y Maite Llamas, dos psicólogas mexicanas especializadas en dependencia a la tecnología, realizaron un experimento respecto a las preferencias que podría mostrar el algoritmo. Una de ellas creó un perfil simulando ser un chico de 13 años y la otra pretendió ser una chica con un rango de edad similar. Al perfil masculino llegó de manera casi automática contenido con alto grado de violencia y material para adultos, mientras que para el perfil femenino predominó el contenido sobre estereotipos de belleza, dietas y promoción de trastornos de conducta alimentaria. Recordemos que el algoritmo aprende en base a la interacción que tenemos como usuarios, entonces, ¿qué es lo que ha aprendido sobre nuestra interacción para que lo primero que quiera ofrecer sea contenido que puede afectar al desarrollo emocional de infantes y jóvenes? Esto también debería invitar a preguntarnos: ¿qué mensaje estamos transmitiendo como sociedad a las generaciones que se encuentran en formación?

 

A todo esto, se suma la dificultad de mantener la atención en una sola actividad: estudiar mientras se revisa redes sociales, ver vídeos y entrar directamente a la sección de comentarios, mantener conversaciones mientras se revisa el celular, imposibilidad de ver vídeos de más de 10 minutos de duración. El uso constante de dispositivos móviles nos ha otorgado la falsa percepción de que es posible realizar distintas actividades al mismo tiempo, llamándonos «multitasking», cuando la realidad es que no dedicamos nuestra atención completa a ninguna de las actividades que estamos realizando (Ehmke, 2024).

 

Con todo lo expuesto, no se busca crear preocupación excesiva o generar miedo, sino más bien visibilizar la realidad a la que nos enfrentamos globalmente en la actualidad. Debemos comprender que proteger no significa cohibir, atosigar, prohibir y mucho menos retroceder. Proteger es sinónimo de prevenir, acompañar, guiar, educar; implica dar el debido reconocimiento a los riesgos que existen y que estamos expuestos todos, pero especialmente a los infantes y jóvenes. Negarse al uso de dispositivos electrónicos e internet, en una sociedad cada vez más globalizada y conectada, resultaría utópico y contraproducente.

 

Debemos reflexionar y tener absolutamente claro que “el problema no es la tecnología, sino su uso de manera desinformada”. Lo que se necesita, a nivel general, es que se promueva poco a poco una mejor educación digital, para actuar con conciencia y responsabilidad.

Alejandra Ordóñez Jaramillo 

Magister en Derecho Constitucional y Abogada por la Universidad Técnica Particular de Loja (UTPL). Gestora Operativo del Instituto Latinoamericano de la Familia, ILFAM.