Pensemos en un niño de 10 años que siempre cumple con sus tareas escolares que rara vez da problemas en casa, que parece tranquilo y bien portado. Sin embargo, cada domingo por la noche rompe en llanto sin saber bien lo que ocurre, se queja de dolor de estómago antes de ir a la escuela, o simplemente ya no quiere jugar con sus amigos. Ante estas señales sus padres piensan: «Es tímido», «Es sensible», «Ya se le pasará». No obstante, lo que a veces pasa desapercibido es que ese niño podría estar experimentando una ansiedad silenciosa.
La ansiedad en la niñez media —entre los 9 y los 12 años— es mucho más frecuente de lo que imaginamos. Según la Organización Mundial de la Salud (2024), los trastornos de ansiedad se encuentran entre los problemas de salud mental más comunes en niños y adolescentes a nivel mundial. En 2021 trecientos cincuenta y nueve millones de personas sufrían un trastorno de ansiedad, entre ellas 72 millones de niños y adolescentes, los miedos y preocupaciones excesivas traen consigo este factor desequilibrante en la niñez. Sin embargo, en esta etapa específica, la ansiedad tiene una particularidad: los niños frecuentemente no saben cómo nombrar lo que sienten, y tampoco siempre lo muestran de manera obvia. Por eso se la llama «silenciosa» (Lozano-González y Lozano-Fernández, 2017).
Este artículo busca ayudar a comprender qué ocurre emocionalmente en niños con esta dinámica y saber cómo acompañarlos desde el vínculo familiar reconociendo las señales que muchas veces pasan desapercibidas.
La ansiedad es una respuesta natural del ser humano ante situaciones percibidas como inciertas. Cumple una función adaptativa en dosis apropiadas pues nos prepara para enfrentar desafíos. La dificultad puede aparecer cuando la reacción se activa con mucha intensidad, de forma repetida y sin una causa clara que la justifique.
En los niños la ansiedad generalmente no es expresada, a diferencia de los adultos, ellos aún no han desarrollado la capacidad de identificar sus emociones y poder verbalizarlas, es decir, por falta de regulación emocional o conciencia emocional, llegan a expresar mediante comportamientos que se pueden confundir con varios problemas como: dolencias físicas, cambios de humor, irritabilidad, obstinación, o simples cambios en su forma de ser o pasar la rutina. Esto trae consigo que, aunque el niño siente el peso de la ansiedad, no siempre puede decir “estoy ansioso” o “siento ansiedad” haciendo que sus padres, tutores o profesores muchas de las veces, no logren enfocar el problema y solicitar ayuda profesional para obtener un diagnóstico claro y poder tratar a tiempo.
Orgilés et al. (2012), lo plantean con claridad: la ansiedad infantil que no se detecta a tiempo deja huella. Sus investigaciones con miles de niños y adolescentes demuestran que los síntomas de ansiedad en la niñez media, son un factor de riesgo significativo para el desarrollo posterior de trastornos más complejos, lo que convierte a la detección temprana en una herramienta de protección real para las familias.
Lozano-González y Lozano-Fernández (2017), nos dan una clave para entender por qué esta ansiedad pasa tan desapercibida: se trata de un malestar que ocurre completamente por dentro, que no genera peleas, no desafía la autoridad y no interrumpe la clase. A este tipo de sufrimiento estos autores lo llaman la «enfermedad secreta», porque el niño lo carga solo, sin palabras y sin que nadie a su alrededor ponga en marcha un plan de acción.
Conocer las señales que nos indican que un niño puede estar viviendo ansiedad en silencio es, quizás, el regalo más valioso que una familia puede darse. No se trata de convertirse en expertos psicólogos, sino de aprender a mirar con otros ojos: a ver más allá del berrinche, del dolor de estómago de los lunes, del niño que de repente ya no quiere ir a las fiestas de cumpleaños. La ansiedad silenciosa habla a través del cuerpo, de las emociones y de la conducta, y lo hace de formas que, a primera vista, parecen no tener relación entre sí. Un dolor de cabeza frecuente sin, el sueño interrumpido por pesadillas, la fatiga que aparece sin esfuerzo, la tensión en los hombros de un niño que todavía no sabe que está tenso: todas estas son formas en que el sistema nervioso pide ayuda cuando las palabras no alcanzan.
Lo mismo ocurre en el plano emocional y conductual: el perfeccionismo que lleva al llanto ante un error, la necesidad constante de que alguien confirme que «todo va a estar bien», el alejamiento progresivo de actividades que antes llenaban de alegría, o la dificultad para concentrarse, que muchas veces se confunde con desinterés o con problemas de atención. Identificar estas señales no significa alarmar a la familia, sino abrirle los ojos con ternura: porque detectar a tiempo es la forma más concreta de acompañar, y acompañar bien es, muchas veces, el primer paso hacia la ayuda profesional que el niño necesita.
El apoyo de los padres es muy importante, no como “terapeutas” sino como piso firme desde el cual el niño identifica que todo lo que vive y eso que manifiesta en casa, es válido y manejable.
En la niñez media (9 a 12 años) los chicos atraviesan un período de transición sensible, en su mundo social comienzan a tomar conciencia de su lugar y experimentan lo importante que es la aceptación de sus pares, la escuela se vuelve más exigente y sufren ajustes de su propia identidad. En su cerebro emocional, el miedo está activo mediante el funcionamiento de su amígdala, sin embargo, la corteza prefrontal encargada del razonamiento y la calma recién inicia su desarrollo. Esto hace que sean vulnerables a la ansiedad y que cuenten con menos soluciones internas que les ayude a autorregularse pues aún están en proceso de desarrollo.
¿Cómo acompañar desde la familia?
Una buena práctica es la validación de emociones, muchas veces de forma bien intencionada, queremos tranquilizarlos usando frases trilladas como “No pasa nada”, “¿solo eso es lo que te da miedo?”, “tampoco es para tanto” y este tipo de apoyo o forma de encausar sus problemas hace que sientan que sus emociones no son válidas y que lo que llegan a sentir no tiene importancia real. Una respuesta efectiva es dar nombre a lo que vemos de manera tácita que está pasando: “Veo que el acercarnos a la escuela te pone nervioso o nerviosa”, ¿hay algún problema que te pueda ayudar a solucionar?
Los espacios de conversación cercanos al inicio o fin de sus actividades también son una ayuda idónea, los niños hablan de manera más fluida cuando las actividades han estado cercanas en su ejecución y hablan fácilmente cuando hacen algo al mismo tiempo, por esto, crear un espacio cuando van de camino o regreso del cole puede ser beneficioso en la comunicación. También el realizar tareas conjuntas como cocinar y conversar, caminar y conversar o cualquier tarea sencilla que no amerite una concentración puede ayudar para que el niño/ niña pueda expresar sus sentimientos con mayor libertad.
Reconocer la legitimidad de sus sentimientos es otro paso importante, hay una gran diferencia entre encender focos de alarma cuando ha contado algo y decirle de manera inmediata: ¡Todo lo que te pasa es terrible! ¿Por qué no has contado antes? A decirle: “ahora entiendo todo lo que te preocupa y tiene sentido las actitudes que hemos estado vivenciando”.
Los niños aprenden mediante observación, si ven en sus padres hablar con naturalidad de sus propias emociones, será una gran escuela para aprender que las emociones difíciles son parte de una vida y que se pueden controlar y encausar. Frases de externalización como: “hoy tuve muchos problemas que resolver en el trabajo y ha sido un día difícil” ayudan a entender que en la vida hay momentos y emociones complejas, que se pueden manejar y transformar.
Por último, tener una estructura y actos predecibles en el hogar son un antídoto natural para la ansiedad. Cuando un niño sabe que esperan de él día a día, llega a tener control de sus actos y vivencia una sensación de seguridad.







¿Cuándo buscar ayuda profesional?
Muchas veces se puede llagar a pensar que buscar ayuda es una señal de fracaso personal o familiar, esto está muy alejado de la realidad, al contrario, reconocer que no podemos sostener muchos temas para los cuales no hemos sido formados, es un acto de real humildad y amor. Acompañar es vital, la vida familiar debe caracterizarse por esta ayuda mutua, pero cuando la ayuda y compañía ya no es suficiente, hay que dar el siguiente paso y abrirse al apoyo especializado. Se puede consultar a un psicólogo o psicopedagogo especialista cuando:
Buscar ayuda no es señal de angustia familiar o fracaso, es una responsabilidad frente a la sintomatología que presenta esta población en edades tempranas. La intervención a tiempo, y sobre en la niñez media, trae consigo excelentes resultados cuando la aplicación es adecuada. Los diferentes enfoques de uso, logran una recuperación armónica de las áreas afectadas y le ofrecen al menor una serie de herramientas útiles para poder volver a enfrentar momentos de dificultad con mejores ejecuciones personales.